Mostrando entradas con la etiqueta textos memorables. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta textos memorables. Mostrar todas las entradas

jueves, 27 de septiembre de 2012

—¿Cuántos son ustedes?


—¿Cuántos son ustedes?
—Miles, que van por los caminos, las vías férreas abandonadas, vagabundos por el exterior, bibliotecas por el interior. Al principio, no se trató de un plan. Cada hombre tenía un libro que quería recordar, y así lo hizo. Luego, durante un período de unos veinte años, fuimos entrando en contacto, viajando, estableciendo esta organización y forzando un plan. Lo más importante que debíamos meternos en la cabeza es que no somos importantes, que no debemos ser pedantes. No debemos sentirnos superiores a nadie en el mundo. Solo somos sobrecubiertas para libros, sin valor intrínseco. Algunos de nosotros viven en pequeñas ciudades. El Capítulo I del Walden, de Thoreau, habita en Green River, el Capítulo II, en Willow Farm, Maine. Pero si hay un poblado en Maryland, con solo veintisiete habitantes, ninguna bomba caerá nunca sobre esa localidad, que alberga los ensayos completos de un hombre llamado Bertrand Russell. Coge ese poblado y casi divida las páginas, tantas por persona. Y cuando la guerra haya terminado, algún día, los libros podrán ser escritos de nuevo. La gente será convocada una por una, para que recite lo que sabe, y lo imprimiremos hasta que llegue otra Era de Oscuridad, en la que, quizá, debamos repetir toda la operación. Pero esto es lo maravilloso del hombre: nunca se desalienta o disgusta lo suficiente para abandonar algo que debe hacer, porque sabe que es importante y que merece la pena serlo.

Ray Bradbury
Fahrenheit 451, Orbis, pp. 171-172

Una cosa más —dijo Beatty


—Una cosa más —dijo Beatty—. Por lo menos, una vez en su carrera siente esa comezón. Empieza a preguntarse qué dicen los libros. Oh, hay que aplacar esa comezón, ¿eh? Bueno, Montag, puedes creerme, he tenido que leer algunos libros en mi juventud, para saber de qué trataban. Y los libros no dicen nada. Nada que pueda enseñarse o creerse. Hablan de gente que no existe, de entes imaginarios, si se trata de novelas. Y si no lo son , aún peor: un profesor que llama idiota a otro, un filósofo que critica al de más allá. Y todos arman jaleo, apagan las estrellas y extinguen el sol. Uno acaba por perderse.
—Bueno, entonces, ¿qué ocurre si un bombero accidentalmente, sin proponérselo en realidad, se lleva un libro a casa?
Montag se crispó. La puerta abierta le miraba con su enorme ojo vacío.
—Un error lógico. Pura curiosidad —replicó Beatty—. No nos preocupamos ni enojamos en exceso. Dejamos que el bombero guarde el libro veinticuatro horas. Si para entonces no lo ha hecho él, llegamos nosotros y lo quemamos.
—Claro.
La boca de Montag estaba reseca.
—Bueno, Montag. ¿Quieres coger hoy otro turno? ¿Te veremos esta noche?

                          Ray Bradbury
                          Fahrenheit 451, Orbis, p. 74